Un cuento de brujas irlandés

Hace un par de años tuve la brillante idea de recopilar una serie de cuentos celtas de terror y publicar una antología con ellos, trabajé afanosamente en ese proyecto que iba a titularse Cuentos del Samhain y, como la mayoría de mis ideas más brillantes, el proyecto acabó naufragando de manera estrepitosa contra los acantilados de mi pereza… El caso es que, durante esas dos semanas, recopilé bastante información e incluso me dio tiempo a reescribir en castellano tres o cuatro de esas narraciones tradicionales. Quizás hoy no nos parezcan muy terrorificas, porque hoy convivimos a diario con el terror y eso ha cauterizado nuestra capacidad de sentir miedo.

El caso es que ya solamente quedan dos meses para el Samhain, las puertas que separan el mundo de los vivos del mundo de los muertos están a punto de abrirse de nuevo, y me ha parecido que esta cercanía con la noche de ánimas es una escusa perfecta para recordar un de los viejos cuentos de brujas que había recopilado para mí proyecto. Espero que os guste y que la adaptación que he hecho del cuento no le haga desmerecer demasiado.

 

Las Brujas Cornudas

 

Extrañas son las costumbres de las hadas y las brujas de Irlanda, absurdas e incompresibles a nuestros ojos, pero a pesar de sus modales salvajes e indómitos, ellas, siguen unas reglas… reglas escritas en las ramas de sauce que acarician apacibles estanques en mitad de los bosques. Si estáis atentos, quizá si sois afortunados, puede que un pozo os susurre secretamente esas reglas.

Hace tiempo, estando una mujer cardando lana al calor de la chimenea en su humilde granja, el sol ya se había puesto hacía horas y sus hijos dormían pero ella continuaba trabajando. La lana alcanzaría un buen precio en el mercado y daría para comprar mantequilla, quién sabe si un poco de carne, al menos eso era lo que pensaba la mujer que seguía cardando e hilando con tesón. Esos eran sus pensamientos cuando, de repente, alguien picó a la puerta. No sabía si lo había imaginado o lo había soñado, pero se levantó para ir a cerciorarse, quizás uno de sus vecinos necesitaba ayuda…

-¡Abrid y dejadme entrar!- gritó una voz desde el exterior.

-¿Quién está ahí?- preguntó la mujer.

-¡Soy la bruja de un cuerno!- Bramó la voz del exterior que sonó demasiado tétrica como para ser real. “Este año las bromas del Samhain se adelantan” pensó la mujer para sí que, pese al miedo que le producía aquella voz, decidió abrir la puerta.

Lo que se encontró en el umbral de su casa fue una extraña anciana de pelo enmarañado y ojos brillantes como carbones al rojo, pero lo más llamativo de su apariencia era el cuerno que tenía en medio de su frente.

La vieja cornuda se sentó al lado del fuego y empezó a cardar lana a una velocidad inusitada, la mujer de la casa estaba demasiado sorprendida, demasiado asustada como para poder articular una palabra.

De repente la extraña anciana hizo una pausa, miró alrededor con mirada inquisitiva y preguntó a su anfitriona:

-¿Dónde están el resto de las mujeres? Se retrasan demasiado…

Y dicho esto, nuevos aldabonazos sonaron en la puerta.

-¡Abrid! ¡Abrid la puerta!- Bramó una nueva voz femenina desde el exterior y, otra vez, la señora de la casa se sintió obligada a levantarse y abrir la puerta. De inmediato, otra bruja entró en la casa, esta vez con dos cuernos en la frente y una rueca de hilar bajo el brazo.

La recién llegada ocupó otro lugar junto al hogar y, de inmediato, empezó a hilar la lana tan rápida y violentamente como la primera bruja la había cardado.

Mientras las extrañas viejas seguían cardando e hilando con frenesí, más ancianas fueron llamando a la puerta, ocupando un sitio junto al fuego de la casa y uniéndose a la labor de sus hermanas. Así, hasta doce brujas se juntaron ante la aterrorizada mujer y, si la primera vieja que había entrado tenía un cuerno, la última en llegar tenía doce.

En torno al fuego la docena de brujas cornudas cardaron la lana, hicieron girar sus ruecas y tejieron una espantosa tela como si de un cónclave de arañas se tratase, sin mediar palabra, acompañándose únicamente por el canto rítmico y repetitivo de unos antiguos versos. La mujer de la casa permanecía paralizada pero plenamente consciente, como presa de un hechizo, sin poder articular palabra. Su marido y sus hijos dormían, seguramente también bajo alguna especie de encanto mágico, porque el trabajo y la canción de las brujas provocaban tal ruido que hubiera podido arrancar a cualquiera de un sueño normal.

Entonces una de las viejas llamó a la mujer en el idioma antiguo, ordenándole que les hiciera un pastel, y aquellas palabras la sacaron de su parálisis. Se dispuso a traer agua del pozo para poder mezclar los ingredientes del pastel, pero el único recipiente que tenía disponible era el balde en el que había lavado los pies de sus hijos, en cuanto lo alzó las doce brujas se retorcieron, bufaron y se erizaron como un gato encolerizado.

-¡No uses eso! ¡Nada que haya tocado el agua con que lavas los pies de tus hijos!- Bramaron al unísono para, a continuación, escupir en el suelo -¡Toma ese tamiz en su lugar y ve a por el agua!

La mujer obedeció y se dirigió al pozo pero, como es natural, o pudo recoger ni una gota de agua en el tamiz. Con un escalofrío repentino, empezó a sospechar que las brujas le habían encomendado aquella ridícula tarea con el único fin de alejarla de la casa y de su familia. Presa de la desesperación ante la posibilidad que las malévolas viejas hicieran daño a sus hijos, se desplomó al lado del pozo llorando. Fue en ese momento cuando una voz surgió del pozo y dijo:

-Mujer. Toma arcilla amarilla y musgo, haz una masa con ellos y enyesa el tamiz. Así podrás acarrear agua hasta la casa.

Una vez que la mujer siguió estas instrucciones y recogió agua suficiente, la voz del pozo volvió a decirle.

-Ahora vuelve a la casa y, cuando alcances la esquina que da al norte grita tres veces “¡La montaña de la mujeres del Sidhe y el cielo sobre ella está en llamas!”. Eso las hará huir momentáneamente, pero tendrás que asegurar tu casa para impedirles que vuelvan.

Y ella así lo hizo.

Cuando las brujas oyeron los gritos de la mujer, empezaron también a chillar y dar terribles aullidos y, de inmediato, salieron corriendo de la casa dirigiéndose rápidamente hacia Sliabh na mBan, pues ése es su hogar la mayor parte del año, sin dejar de rasgar la noche con sus gritos lastimeros y sus terroríficos lamentos.

Recordando entonces los consejos del al voz del pozo, la mujer se apresuró a preparar la casa antes del retorno de las brujas. Lo primero que hizo, para romper sus hechizos, fue rociar el umbral de la casa con el agua que quedaba en el balde del lavado de pies de sus hijos. A continuación tomó el pastel que las brujas habían cocinado en su ausencia, en cuya masa las brujas habían mezclado sangre extraída de su familia dormida, lo desmenuzó y puso un trocito de pastel en la boca de su marido y de cada uno de sus hijos, así éstos recuperarían la sangre que les habían extraído y volverían a un sueño normal. Luego tomó la espantosa tela que habían tejido las brujas, la enrolló y la dispuso en un arca de tal forma que la mitad de la tela quedaba en el interior y la mitad fueran, cerró el arca y le puso un candado de hierro. Por último, atrancó la puerta con una pesada viga de roble y hecho esto, al fin, pudo descansar.

Cuando al cabo de unas horas regresaron las brujas estaban negras de rabia e ira. Inmediatamente se dirigieron a la puerta gritando pero el umbral había sido rociado con el agua del lavado de pies

-¡Ábrenos, ábrenos agua del lavado de pies!- Gritaron las brujas.

-No puedo -dijo el agua de los pies- estoy esparcida por el suelo y, ahora, mi camino me conduce al lago.

-¡Ábrenos madera, árboles y vigas! -gritaron a la puerta.

-No puedo -contestó la puerta-, porque la viga está fijada en las jambas y yo no tengo poder para moverme.

-Pastel que hemos cocinado y mezclado con sangre ¡ábrenos tú! –volvieron a gritar las doce brujas cornudas.

-No puedo –se lamentó el pastel- porque estoy quebrantado y herido y mi sangre está en los labios de los niños dormidos.

Entonces las brujas salieron volando por el aire dando grandes alaridos y lamentos camino de regreso a Sliabh na mBan, vertiendo extrañas maldiciones sobre la voz del pozo que deseara su ruina. Pero la mujer y la casa quedaron al fin en paz. En su huida, a una de las brujas, se le cayó un manto, que fue guardado y conservado por la familia en memoria de aquella noche durante 500 años.

Adaptado de la versión recogida por Joseph Jacobs en su Celtic Fairy Tales de 1892.

Ilustración: The Witches’ Sabbath de Hans Baldung Grien, 1510.

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