El Rey Proscrito: El Argumento (I)

La semana pasada Netflix estrenaba Outlaw King, biopic histórico sobre la rebelión encabezada por Robert the Bruce, rey de los escoceses, protagonizado por Chris Pine y dirigido por David MacKenzie. La película narra los hechos acaecidos desde el fracaso de la rebelión de William Wallace, hasta la primera victoria militar significativa de Bruce sobre los invasores ingleses, en la batalla de Loudon Hill (1307).

Quizás, los 121 minutos de metraje resultan insuficientes, para adentrarse en en un período tan políticamente complejo y con tantos personajes implicados en la trama. Yo me he quedado con esa impresión. La historia bien daría, al menos, para una miniserie de dos o tres capítulos, para poder explotar toda esa pléyade de personajes secundarios que se quedan a medio esbozar en este largometraje y que, a buen seguro, podrían aportar más enjundia a la historia… Pero ¿Quién soy yo para juzgar esta obra desde un punto de vista cinematográfico? Nadie. Hay muchos críticos de cine que pueden escribir esa reseña mejor que yo, así que, les dejaremos esa labor a ellos y yo me limitaré a comentaros los aspectos históricos de la peli porque, esta vez sí, estamos ante un film ambientado en la Edad Media que sí respeta (casi escrupulosamente) la verdadera historia que narra y el período en el que transcurre y, eso, es toda una novedad. Casi todo el mundo está haciendo la comparación, Braveheart vs Outlaw King, algo bastante lógico si entendemos la segunda como una continuación de la primera, habida cuenta de la historia que narran ambas. Desmenucemos la rey proscrito desde el punto de vista histórico

El Vestuario

Nuestros amigos recreadores están de enhorabuena, al menos no se van a enfadar tanto como de costumbre… En Outlaw King ni vamos a encontrar los caballeros enfundados en brillantes armaduras de la Excalibur de John Boorman, ni las vestiduras de cuero propias de Mad Max que solemos ver en Vikingos, ni siquiera los vistosos kilts que lucía el viejo Mel en Braveheart… El vestuario no chirría con la época que recrea, los caballeros visten cota de malla, gambesones y yelmos simples. Si debemos poner un pero sobre este equipamiento militar deberíamos apuntar a que su abundancia es excesiva: es lo adecuado para la época pero era muy caro, no todos los soldados podían disponer de cota de malla y yelmo.  Por motivos narrativos, este tipo de películas, suele uniformar a los ejércitos enemigos para distinguirlos en las escenas de batalla y, en la realidad, la infantería escocesa y la inglesa apenas se distinguirían, aquí también se usa ese recurso pero no de forma tan evidente como en otras ocasiones… Y no busquéis caras pintadas de azul, no las hay.

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La Historia

Outlaw King es muy respetuosa con la verdadera historia de Bruce pero distorsiona un poco los tiempos por motivos narrativos, como ya apuntaba más arriba quizás debido a un metraje demasiado comprimido, presenta como hechos consecutivos sucesos que en realidad se dieron en el espacio de meses o años. La película se inicia en 1304, cuando Robert ya llevaba 2 años casado con su segunda esposa Elizabeth de Burgh, la captura de la reina y su cautiverio en manos inglesas es representado bastante fielmente pero no su liberación, en la película parece ser una consecuencia de la victoria escocesa en Loudon Hill pero, en realidad, el final de su cautiverio y la independencia de Escocia tuvieron que esperar hasta después de la Batalla de Bannockburn 7 años más tarde que la batalla final de la película. Los ingleses trataron duramente a la esposa de Robert, pero a las que colgaron de una jaula de madera fue a su hermana María Bruce y a Isabella MacDuff (la que corona a Robert como Rey de Escocia en Scone en marzo de 1306). Hay que señalar también que, a Elizabeth, la rebelión le parecía una locura propia de niños.

El comienzo de la rebelión resulta desastroso  y, al principio, se suceden las contundentes derrotas a manos de sus enemigos ingleses comandados por Aymer de Valence y de sus adversarios escoceses, los MacDougall y los Comyn. En la película vemos la batalla de Methven, donde el Conde de Pembroke, Aymer de Valence, arrasa al ejército de un Robert demasiado fiel al código de la caballería (la batalla real también sucedió así, un ataque por sorpresa sobre el campamento escocés que diezmó las tropas de Bruce). A continuación los supervivientes vuelven a ser vencidos por los MacDougall, pero en la realidad transcurren meses entre ambas derrotas. Los partidarios de Bruce huyen en desbandada, el propio rey se refugia en el norte donde será protegido por Christina of the Isles (en la película es acogido por la familia de Angus, uno de los lugartenientes del Bruce cinematográfico). La reina, la hija del primer matrimonio de Robert y sus hermanas también han de huir protegidas por Nigel Bruce y son acogidas por el Conde de Atholl en Kildrummy, pero serán capturadas por los ingleses en Tain y el hermano del rey será ejecutado del modo que vemos en la película.

Tras pasar el invierno refugiados en las islas Bruce y sus seguidores retornan a Escocia en la primavera de 1307, para iniciar una guerra de guerrillas, atacan y destruyen pequeñas fortificaciones en manos inglesas que ni siquiera pueden ocupar por falta de efectivos. Así, en la película, vemos como Douglas se ingiltra en el castillo de su familia para aniquilar a la guarnición inglesa que lo ocupa durante el domingo de Ramos, a priori parece una de las escenas más novelescas de la película, pero esa escena narra un hecho real: los ingleses fueron asesinados en plena misa y luego, los hombres de Douglas, quemaron su propio castillo.

La película culmina con la Batalla de Loudon Hill y, aquí, es donde los guionistas han dejado volar más su imaginación. Es cierto que es el primer gran enfrentamiento en campo abierto tras una campaña de guerrillas, pero ningún historiador la considera una batalla decisiva en la guerra (que como ya hemos dicho se prolonga 7 años más y culmina en la Batalla de Bannockburn en 1314). Sí es cierto que Eduardo I Longshanks, rey de Inglaterra, muere confuciendo su ejército al norte (probablemente de disentería). También es real el uso de las schiltron (largas lanzas de madera) para rechazar las cargas de la caballería pesada inglesa (el uso de este arma ya se había plasmado en Braveheart). Sin embargo, no es cierto que Eduardo II comándase al ejército inglés ni que cruzase espada con Robert the Bruce, de hecho, ni estuvo en dicha batalla, los ingleses en Loudon Hill volvieron a estar bajo las órdenes de Aymer de Valence conde de Pembroke.

Hasta ahí llega lo narrado por Outlaw King, se me antoja que ha quedado mucha historia que contar, los 7 años que aún tardarán los escoceses en alcanzar su independencia dan perfectamente para una secuela (¿Se han dejado los guionistas a propósito esa podposibilidad?).

En la próxima entrega del blog os hablaré, un poco, de cada uno de los personajes de la película y del trasfondo histórico de cada uno de ellos.

De Osos y Reyes: La Nueva Religión (II)

El Cristianismo en la Asturies antigua

Si el encuentro entre el Fáffila y el oso, que acabó con la muerte del monarca, tenía algún significado religioso hemos de suponer que a Asturies del siglo VIII debía seguir siendo, al menos en parte, pagana ¿Es eso verosímil? ¿Cómo y en qué intensidad se había implantado la nueva religión en el norte peninsular? Para averiguar esto debemos retroceder un poco en el tiempo.

La implantación del cristianismo en Hispania es un fenómeno de aculturación íntimamente ligado a otro más, amplio y complejo, que conocemos como la romanización  y, ésta, es sabido por todos que no tuvo la misma intensidad en todas las zonas peninsulares (1). Por ello conviene que retrocedamos un poco en el tiempo, para recordar cómo se propaga el nuevo culto en el Imperio Romano y, más concretamente, conocer qué pruebas tenemos de su implantación en la Asturia Transmontana.

El cristianismo, igual que otros cultos mistéricos orientales como el culto a Isis o el mitraísmo, son fenómenos que en un primer momento son eminentemente urbanos y su propagación sigue unos cauces bastante definidos. Así, el primer cristianismo se propaga por las comunidades judías establecidas a lo largo del Imperio. Roma consideraba a los cristianos más como agitadores políticos que como a seguidores de una religión propiamente dicha. Fue su negativa a rendir culto al emperador lo que desencadenó las primeras persecuciones y no sus creencias religiosas. Eso y el igualitarismo de su doctrina primitiva, hizo que fuese visto como un grupo subversivo que ponía en cuestión la sociedad esclavista de la época, lo que también hizo  que fuera tremendamente atractivo entre los esclavos y las clases más populares de Roma, entre los que se extendió rápidamente.

Posteriormente, en el siglo IV, cuando el culto cristiano pasa a ser tolerado y, poco más tarde, se convierte en la religión oficial del Imperio, el principal cauce de propagación del nuevo culto va a ser la propia administración romana. De hecho, la primera organización episcopal cristiana  se superpone sobre la organización territorial romana, convirtiéndose las capitales de los Coventus jurídicos, casi automáticamente, en sedes episcopales (así sucede con Astorga, Lugo y Braga en el caso de Gallaecia). Como vemos, la propagación del cristianismo sigue siendo un fenómeno íntimamente ligado a los grandes centros urbanos. Cabe recordar aquí el origen etimológico de la palabra pagano, el que habita en el pagus (el campo).

El cristianismo primitivo es una religión urbana y la Asturia Transmontana es una región fundamentalmente rural. Las comunidades cristianas que pudieran haberse establecido aquí dependerían de las sedes episcopales mencionadas más arriba (El Parroquial Suevo del 569 sólo menciona la parroquia de los Pésicos, que dependería de Astorga) o de la establecida en León (casi ningún historiador se toma en serio que pudiera haberse establecido realmente otra sede episcopal en Lucus Asturum durante el fugaz paso de los Vándalos por Asturies). A pesar de lo dicho hay ciertas evidencias arqueológicas, escasas, que apuntan al establecimiento  de comunidades paleocristianas vinculadas a algunas las villae tardorromanas asturianas (Valdunu, La Magdalena la Llera o Veranes), como la lápida con crismones inscritos que abre esta entrada, procedente de la villa de Veranes (Xixón) (2).

“Es posible afirmar que el momento de penetración y la configuración de las primitivas comunidades cristianas en suelo de Asturias tendrían lugar ya en tiempos bajoimperiales, aunque en realidad su expansión por todas las zonas rurales, especialmente del interior, no se produciría realmente hasta la época visigoda.” (3)

También hay que tener en cuenta la popularidad que alcanzó en la Gallaecia la herejía priscialiana, una doctrina rigorista que predicaba la austeridad y la pobreza que fue condenada en el concilio de braga del 561, que debió ser germen de un monacato rural que debió contribuir a extender el cristianismo en zonas aisladas del interior. De ese cristianismo monacal rural también encontramos algunas pruebas arqueológicas: la inscripción del cancel de Santa Cristina de L.lena que menciona al abad Flainus (fechada en 681); los restos arquitectónicos del Castro San Chuis, germen del cenobio de Zalón (Ayande)… (4). Ese monacato rural, asistemático y voluntarista, debió convertirse en el principal vector de cristianización en los siglos que van de la caída de Roma hasta la creación del Regnum Asturum, y con él deben estar relacionados las primitivas ermitas que empiezan a levantarse en asentamientos que ya debían de ser sagrados para la antigua religión (templos erigidos en primitivos recintos castreños, asociados a monumentos megalíticos…). Para facilitar la labor misionera de esos monjes y ermitaños en las zonas rurales de la Gallaecia, Martín de Dumio, redacta a finales del siglo VI De Correctione Rusticorum que trata de acabar con las prácticas, paganas aún populares en el noroeste, y con la influencia herética del priscilianismo.

En resumen, y a la vista de la escasez de restos arqueológicos, podemos presuponer que la cristianización de la Asturia Transmontana se produce ya en época visigoda, quizás a finales del VII, si tenemos en cuenta las dificultades que tuvieron los monarcas suevos y visigodos tratando de someter a los luggones, aunque ya debían existir pequeñas comunidades cristianas desde el siglo IV vinculadas a las villae más importantes en las zonas más romanizadas de la región. De época visigoda se conservan varios conjuntos de jarrones litúrgicos y canceles, reutilizados en diversas iglesias, restos más abundantes si los comparamos con los tardorromanos pero que también resultan difíciles de interpretar, porque no se les puede adscribir una cronología clara y es posible que llegarán a Asturies en fecha tardía.

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(1)Javier Fdez. Conde, Lugares de Culto en Asturias durante la Época de Transición

(2) Carmen Fdez. Ochoa et al., Nuevas evidencias del cristianismo en Asturias: los crismones de la villa romana de Veranes (Gijón)

(3 y 4) Narciso Santos Yanguas, El cristianismo en Asturias en época visigoda

(5) Fragmento de cancel visigodo procedente de Samiguel de Lliñu (Uviéu), actualmente en el Museo Arqueológico de Uviéu.

De Osos y Reyes: el Rey Imprudente (I)

Uno de los episodios más conocidos, a nivel popular, de los tres siglos de historia del Regnum Asturum es la muerte de nuestro segundo monarca, Fáffila (o Favila), a manos de un oso en el segundo año de su reinado. Las crónicas asturianas apenas dedican una lacónica frase al rey, su reinado y su pintoresca muerte, siendo la Sebastaniense la que más se extiende

“Filius eius Faffila in regno successit. Qui propter paucitatem temporis nihil istorie dignum egit. Quadam occasione leuitatis ab urso interfectus est an. regni sui secundo era DCCLXXVII” (1)

Lo que la mayoría conocemos, en cambio, es la narración que hace de dicho suceso Fray Prudencio de Sandoval, que narra la desdichada jornada de caza ya bien entrado el siglo XVII. Éstas son sus palabras:

“Como el rey D. Favila fuese venido a esta vega, o cerca de Santa Cruz. Una gran cabalgada de moros que habían entrado a correr aquellas montañas teniendo sus tiendas en el campo cerca de la ermita que digo de Santa Cruz sin quitarse el saco de malla que traía con el pavés (escudo oblongo que cubre casi todo el cuerpo) en la mano y la espada en la cinta, quiso ir a montería. Su mujer la reina Froiliuba, dándole el corazón saltos con temor de algún mal suceso, porfiaba con el rey que se desarmase, que venia cansado de pelear y que dejase por aquel día la caza. Tirábale del faldón de la ropa pidiéndole con lágrimas y palabras de amor que se apease. El rey porfiaba en ir y tomando un azor en la mano se despidió de la reina; y ella con mucho sentimiento le abrazó y besó, quedando muy lastimada por los secretos anuncios que le daba el alma. El rey subió por un monte que está cerca de la vega, que se llama sobremonte al lugar de Helgueras, metióse en un vallecillo que hace ese monte y yendo sólo se topó con un oso; osada y atrevidamente, soltando el pájaro que llevaba echó mano de su espada y embrazó el pavés, cerró con el oso dándole una estocada por los pechos o hijadas, más no bastó en quitar al oso que no se abrazase con el rey, y le hiriese hasta matarle sin tener quien le ayudase. En el lugar donde los suyos le hallaron muerto está hoy una cruz.” (2)

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Podríamos decir que el juicio de la historia ha sido implacable con Fáffila que ha pasado a la posteridad como rey imprudente, disoluto y reacio a la guerra con los musulmanes…  El oso es un elemento puesto en su camino por la providencia y, su muerte, restaura el destino último de la monarquía ástur: iniciar el proceso de la reconquista (como vemos, esta interpretación es una narración de los hechos hecha a posteriori, que trata de encajar el suceso en una visión providencialista de la historia). Pero ¿Es ése un juicio justo? La laxitud de las fuentes escritas más cercanas al monarca, las crónicas escritas en tiempos de Alfonso III, resulta cuando menos sospechosa; otras narraciones posteriores del suceso, escritas varios siglos más tarde, no son más que relatos alegóricos del suceso que no aportan ningún dato que podamos considerar fidedigno a la historia… Sólo podemos elucubrar sobre la muerte del heredero de Pelayo y su verdadero papel en la historia pero, por suerte, se nos da bien hacer elucubraciones.

Las principales hipótesis sobre la muerte de Fáffila se mencionan en la Wikipedia y, en un ejercicio de inusitada originalidad, voy a ceñirme a ellas pero extendiéndome en la que, a priori, parece la hipótesis más improbable:

  • La primera es la que conocemos popularmente, un rey imprudente, más preocupado por satisfacer sus pasiones que por los asuntos de estado, muerto en un accidente de caza.
  • La segunda es el asesinato político, una vieja tradición en la corte del Reino de Toledo, seguramente es la más razonable desde el punto de vista histórico. La muerte de Fáffila supuso la subida al trono de Alfonso I y el cambio de línea dinástica, Alfonso I es yerno de Pelayo y sube al trono cuando la legitimidad disnástica dicta que deberían ser los hijos de Fáffila los herederos del joven reino, sin embargo, los nietos o nietas de Pelayo desaparecen de la historia en el mismo momento que su padre es despedazado por el oso (como digo es la opción más verosímil y la que hubiera elegido George R.R. Martin).
  • La tercera, que es a la que vamos a dedicar más tiempo, es la que dice que el segundo rey del Regnum Asturum muere durante un viejo ritual pagano en el que debía probar sus dotes para ejercer el liderazgo en una sociedad eminentemente guerrera. Es una hipótesis muy sugerente y, aunque en algunos momentos puede parecer descabellada, podría esconder algún viso de realidad, pero para poder tomárnosla en serio primero deberíamos probar ciertas premisas, a saber: la sociedad ástur, al menos una parte sustancial, ha de seguir siendo pagana; el oso ha de ser un animal considerado sobrenatural y sagrado; la caza de dicho animal sagrado ha de tener connotaciones ritualísticas.

(1) “Le sucedió en el trono su hijo Fáffila. Este, por lo escaso de su tiempo, no hizo nada digno de la historia. A causa de una ligereza fue muerto por un oso, en el segundo año de su reinado, en la era 777 (año 739)”Crónica Ad Sabastianum, 890 (Aprox)

(2) Fray Prudencio de Sandoval, Historia de los Cinco Obispos, 1639

(3) Estos relieves del templo románico de San Pedro de Villanueva (Cangues d’Onís) suelen relacionarse tradicionalmente con la versión popular de la muerte de Fáffila.

Angus de la Tormenta

Daenerys Targaryen de la Tormenta, la que no arde, Rompedora de Cadenas, Madre de Dragones, Khaleesi de los Dothraki, Reina de los Ándalos y los Rhoynar y los Primeros Hombres, Señora de los Siete Reinos y Protectora del Reino… Todos los fans de Juego de Tronos, literarios o televisivos, estáis familiarizados con la lista de títulos de Daenerys Targaryen, de lo que igual no tenéis noticia es que el primero de ellos, De La Tormenta, tiene un antecedente histórico relacionado, además, con alguien que podría tener parentesco con el propio George R. R. Martin.

Como ya hicieron Tolkien y otros antes que él, Martin incluye en sus narraciones pasajes inspirados hechos históricos o por la mitología nórdica. No me había dado cuenta del posible vínculo familiar hasta que me puse a escribir estas líneas, supongo que otros lectores más avispados y más frikis que yo habrán detectado ese guiño a sus ancestros… El caso es que en la segunda mitad del siglo XVI en la isla de Skye (Escocia) encontramos a un noble local que se ganó el epíteto, De La Tormenta, enfrentándose a las turbulentas aguas del Atlántico Norte con su barco.

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Aonghas Mhartain (Angus Martin en la grafía inglesa) es uno de esos personajes históricos que nos da el mundo celta, que parecen sacados de una novela de fantasía. Nació hacia 1558, se convirtió en un excelente marino y soldado que combatió en Irlanda al servicio de Somhairle Buidhe MacDomhaill. Desde entonces sus descendientes se establecieron en Skye y permanecieron vinculados al Clan MacDonald pese a no tener vínculos de sangre. Fue su pericia como marino y su valentía para navegar bajo cualquier circunstancia meteorológica lo que le granjeo su apodo, NA GAOITHE (De La Tormenta). Se casó con una princesa danesa llamada Biurnag y, de los descendientes de ambos en Skye se acuñó el proverbio Clan Mhartain, siol Shionnach (los hijos de Martin, una tribu de zorros debido a la astucia que se convirtió en una de las señas de identidad de la familia). Otra de las aventuras apócrifas que adornan la biografía de este marino escocés está relacionada con su lápida funeraria (la que podéis ver en la foto que abre esta entrada), según cuenta la leyenda es en realidad un monumento funerario dedicado a un rey escocés y, el propio Aonghas, lo habría robado de la Isla de Iona en una de sus correrías.

Desconozco hasta qué punto están relacionados el De La Tormenta de la Targaryen y el del histórico Aonghas Mhartain; desconozco si George R. R. Martin hace un pequeño homenaje a uno de sus antepasados o , si todo, es producto de una simple casualidad… Pero a mí me ha permitido escribir la entrada de hoy.

Imagen principal, Lápida de Aonghas Mhartain en el Cementerio de Kilmuir (Skye, Escocia)

(1) Escudo de Armas de los Martin de Skye

¿Se tatuaban los Pictos? (y 2)

Hemos hecho un buen repaso a lo escrito por los historiadores grecolatinos sobre los tatuajes de Britanos y Pictos. Aunque parece exagerado asegurar que todos esos historiadores se limitan a repetir, con mayor o menor fidelidad, lo dicho por César, debemos admitir que ninguno de ellos habla de experiencias directas, lo que saben de Britania lo conocen por haberlo leído a historiadores precedentes. El único pisó Britania fue Julio César y él no habla de tatuajes, él sólo menciona el vitrum que usan para pintarse la piel. Además, si es acertada la identificación que suele hacerse de ese tinte azulado extraído del glasto, os diré que dicho tinte no puede usarse para elaborar tinta de tatuaje porque evita que cicatricen las heridas. Hasta ahora, con lo único que contamos a favor de la práctica del tatuaje en la antigua Britania, es: la persistencia de muchos historiadores clásicos en hablar sobre las marcas en la piel de los nativos de aquella isla, como ninguno de ellos estudio en la Universidad Rey Juan Carlos quizás no estén simplemente plagiándose unos a otros; y, el conocimiento indirecto de Britania de uno de ellos, Estilicón, el mecenas de Claudiano, sí estuvo en la isla sofocando una revuelta de Pictos y Escotos. No es mucho pero algo es algo.

En la Edad Media seguimos encontrando numerosas referencias a la costumbre del pueblo Picto de decorarse con marcas permanentes la piel. Quizás, la más importante de dichas referencias, sea la que deja escrita sobre ese pueblo nuestro Isidoro de Sevilla… “Su nombre se deriva de la apariencia de su cuerpo, sobre el que practican pequeñas per-foraciones con el extremo de una aguja, impregnada con el jugo extraído de una planta nativa, de modo que por las marcas que llevan en sus extremidades demuestran su rango y su nobleza” (1). Pero siendo Isidoro un buen conocedor, como es, de la historiografía clásica podríamos descartarle precisamente por su erudición. Si en la antigüedad clásica los tatuajes se habían convertido en un tópico al hablar de Britania, nuestro buen Isidoro bien puede estar perpetuando ese mito y, a su vez, debido a la gran influencia de su obra en toda Europa occidental podemos descartar muchas de las referencias posteriores a él, porque se limitan a copiar lo dicho por el sevillano (a veces casi literalmente, como sucede con la Crónica Picta del siglo X). El caso es que se siguen repitiendo referencias sobre los tatuajes pictos hasta bien entrada la Edad Media, así, todavía en el siglo XI encontramos  una versión en gaélico de la Historia Brittonum de Nennius que vuelve a afirmar  lo mismo “reciben su nombre por tatuar su pálida piel” (2).

Os estaréis preguntando ¿para qué sigo acumulando citas y citas de historiadores si todos parecen limitarse a repetir lo dicho por sus antecesores? A estas alturas, la mera acumulación de referencias no va a demostrar nada. Estoy de acuerdo, hemos de buscar alguna otra forma de resolver nuestro enigma. La única prueba indiscutible, que demostraría la práctica del tatuaje en el norte de Britania, sería encontrar un cuerpo momificado con tatuajes, uno como Ötzi o las momias Pazyryk desmotrarían su uso taxativamente. Pero por desgracia, para el caso de Britania no hemos encontrado cuerpos momificados con tatuajes, se han encontrado varios cuerpos conservados en turberas y alguno de ellos conserva restos de pintura corporal pero no marcas permanentes en su piel. Ésa sería la opción ideal, pero también es muy improbable.

De los tatuajes Tracios ha quedado constancia en el arte, hay numerosos restos de cerámica griega donde se representan personajes con figuras de animales y motivos geométricos dibujados sobre la piel, personajes que son identificados como Tracios por esos tatuajes ¿Hay algo así en Britania? De los Pictos se conserva un enorme corpus escultórico en piedra, pero la sutileza con la que sería representado un tatuaje sobre una escultura y el paso de los siglos hacen que sea muy problemático identificar, de manera taxativa, como tatuajes algunas de las marcas que se pueden apreciar sobre alguna de las figuras humanas representadas en el arte Picto. Hemos de irnos a la vecina Irlanda para encontrar alguna pista más contundente, así, en el Libro de Kells, una de las obras maestras de la iluminación medieval, donde aparecen representados varios guerreros con el cuerpo pintado de azul y verde, también aparece un hombre, que está siendo devorado por un gran león, con los miembros cubiertos de entrelazos (la imagen que abre el artículo es una reproducción de esa miniatura). ¿Son esas marcas que se ven sobre el cuerpo del hombre devorado tatuajes o quizás bordado sobre sus ropas? Otro callejón sin salida pero, si os fijáis en el rostro, podéis ver tres marcas sobre su mejilla que podrían ser pecas… a no ser que guarden relación con lo que apuntaba Claudiano sobre Britania, a la que personificaba como una “una mujer con las mejillas tatuadas“.

Hemos acumulado un montón de pruebas circunstanciales, pero nos falta la pistola humeante que pruebe la práctica del tatuaje en el norte de Britania… De los historiadores y de los poetas no nos fiamos, el arte no es concluyente… ¿os convencería un testigo directo? ¿Quizás un enviado papal sea digno de crédito? Pues ese testigo existe, es Jorge, Obispo de Ostia, enviado junto Teofilacto, Obispo de Todi, por el Papa Adriano a Inglaterra en el año 786 con la misión de evaluar cuál es el estado de la iglesia en la isla y tratar de erradicar posibles herejías. Tras reunirse con los monarcas de los reinos sureños de Wessex y Mercia, Teofilacto dirige sus pasos hacia Gales mientras que su compañero marcha hacia el norte, a Northumbria, donde se reunirá con Alcuino y el rey Aelfwold en York. Es durante esa estancia en el norte de Inglaterra cuando, Jorge de Ostia, condena la práctica pagana de desfigurar el cuerpo con “horribles cicatrices” y “la injuria de teñirse la piel”(3). El Obispo de Ostia condena una práctica, la de tatuarse el cuerpo, que aún pervive en el norte de Britania cuando él visita Northumbria, Jorge no  tendría necesidad de condenar un tópico de la literatura latina sobre los habitantes de Britania o bien podría haberlo hecho nada más desembarcar en la isla. Sin embargo, es cuando viaja al norte cuando decide condenar explicitamente una práctica que, a sus ojos, es bárbara y pagana. En mi opinión, esa condena del enviado papal prueba taxativamente que, al menos hasta el 786, la práctica del tatuaje pervivió en el norte de Britania y, por tanto, no estamos ante un mito historiográfico sino ante una realidad.

Ilustración © Vítor González, Pictish Man? Kells Folio 130R (publicada originalmente en el libro Arte Del Norte, 2016)

1 San Isidoro de Sevilla, Etimologías

2 Gilla Cóemáin (atribuido), Lebor Bretnach

3 Nick Aitchison, The Picts and the Scots at War

¿Se tatuaban los Pictos? (I)

El affaire de Álora ha venido a evidenciar lo poco que conocemos de los Pictos, incluso a nivel académico, son más dudas que certezas las que genera este enigmático pueblo… Si es que podemos considerarlo un pueblo propiamente dicho.

Los Pictos, nos generan tantísimas dudas, que ni siquiera lo más comúnmente aceptado sobre ellos puede darse por cierto al 100%. Algunos autores piensan que los tatuajes que les dieron nombre son un mito, una afirmación de César sobre los Britanos que otros historiadores posteriores convirtieron en un lugar común para hablar de los habitantes de Britania. ¿Qué pensáis vosotros?

Roma debió empezar a contactar con los Pictos a lo largo del siglo III, la primera mención de este pueblo bajo ese nombre es del año 297 y se la debemos a Eumenios, que afirma “los Britanos ya estaban acostumbrados a los semidesnudos Pictos e Irlandeses como sus enemigos“(1). Los Britanos, en esta época, ya formaban parte del Imperio Romano y se enfrentaban al peligro de las incursiones de los bárbaros que vivían más al norte y más al oeste. Con el fin de proteger a la nueva provincia de sus peligrosos vecinos, a lo largo del siglo segundo se levantaron el Muro de Adriano y, unas décadas más tarde, el de Antonino. A lo largo de su construcción y en los años siguientes, los militares destacados en esa frontera, debieron tener la oportunidad de observar a las tribus no romanizadas que vivían en el norte y, de esa observación, podría proceder el nombre de Picti (literalmente los pintados), que parece más un apodo descriptivo que un etnónimo propiamente dicho. Eese tipo de nombres son habituales en el lenguaje militar y, a través del cine, algunos se han hecho hueco incluso en nuestro vocabulario (Pieles-rojas por nativo americano; Gerrys por alemanes; Charlies por vietnamitas…). Seguramente, cuando los Romanos hablaban de Pictos se referían a una serie de pueblos no romanizados, asentados en el nordeste de la actual Escocia, cuya característica común más aparente sería la de llevar sus cuerpos decorados. Sus vecinos occidentales, los Es-cotos, los llamaban Cruithne cuya etimología no está clara aunque algunos han sugerido que significaría el pueblo de las figuras, lo que vendría a significar lo mismo que Pictos.

Pero toda esa extensa historiografía clásica sobre los Britanos con los cuerpos teñidos de azul, podría derivarse únicamente de la primera referencia que encontramos a esa práctica en De Bello Gallico de Julio César, repetida de forma erudita hasta la saciedad por otros historiadores posteriores hasta convertirla en un tópico sobre los Britanos, al menos esa es la tesis que defiende Richard Dibon-Smith en su artículo The Pictish Tattoo: The Origins of a Myth (2). César nos cuenta que: “Todos los britanos se tiñen el cuerpo con vitrum, que da un tinte de color azul, que les confiere un aspecto más terrible en batalla”. Ese vitrum normalmente se traduciría como ‘vidrio’, pero es obvio que César se está refiriendo a algún tipo de tinte que deja la piel del color del vidrio, azulada. Así, ese vitrum, suele identificarse con el uso del glasto (Isatis Tinctoria), una planta que produce un tinte azul.

No olvidemos que este comentario de César es producto de una observación directa de los Britanos. Según Dibon-Smith los historiadores romanos posteriores se limitarán a citar e interpretar las palabras escritas por César sobre este asunto, no ofrecerán datos nuevos ni fidedignos sobre esta pintoresca costumbre britana. El primero en volver a mencionar de nuevo esta costumbre será Pomponio Mela que escribe “se desconoce la razón por la cual pintan sus cuerpos de azul” (3). Si de verdad su única fuente de conocimiento sobre los Britanos es César, parece no recordar lo observado por éste, porque César sí da una razón inequívoca para el teñido de la piel: el tener un aspecto más terrible en batalla. Podemos encontrar otras referencias similares o inspiradas por la de César en diversos textos de Ovidio, Marcial y Silio Itálico. Además, César, no nos habla de tatuajes, nos habla de Britanos que se tiñen la piel ¿Cuándo encontramos la primera referencia explícita al tatuaje? Tendremos que esperar hasta el siglo III para que Solinus escriba sobre Britania y nos cuente: “Esa región es en parte mantenida por los bárbaros, que desde la infancia tienen diferentes imágenes de animales hábilmente implantados en su cuerpos, de modo que a medida que el hombre crece, crecen las marcas pintadas en él” (4). Solinus vuelve a decirnos que los Britanos se pintan el cuerpo, pero afirma que esas marcas son permanentes, se hacen en la infancia y crecen a medida que el individuo crece, Solinus nos está hablando de tatuajes. Herodiano vuelve a insistir en la misma idea, aunque no tan explícitamente, diciendo de los habitantes del norte de Britania “no llevan ropa, para que no oculte las figuras dibujadas en su cuerpo” (5). Parece estar hablando de marcas permanentes y no de mera pintura corporal, que sería más lógico usar en determinados rituales y no en la vida cotidiana

Claudiano insiste, una vez más, en la idea de las marcas corporales permanentes, asociadas, aquí ya por primera vez, a los Pictos: “las extrañas marcas tatuadas sobre la cara de los pictos moribundos”(6), además, en la misma obra, el poeta personifica a Britania como una mujer “con sus mejillas tatuadas”. Claudiano utiliza esas descripciones un una narración de cómo el general Estilicón, uno de sus principales mecenas, reprime la rebelión de Escotos y Pictos en el año 398. ¿Teniendo, Estilicón, esa experiencia directa sobre el terreno pasaría por alto los excesos poéticos de Claudiano? Cabe suponer que , pese a que el fin último del poeta sea ensalzar la figura heroica de su mecenas, éste no necesitaría tolerar esas licencias poéticas a la hora de describir el barbarismo de los enemigos derrotados derrotados. Por otro lado, Claudiano, no usa el tatuaje para exagerar en general el barbarismo de todos los enemigos de su promotor, de los Escotos no dice que estén tatuados, lo dice concretamente de los Pictos. Hemos llegado así a Escocia y al pueblo europeo más paradigmáticamente unido al tatuaje: los Pictos.

Ilustración: Carga de Caballería Auxiliar contra los Caledones de Seán Ó’Brógáin

(1) Eumenio: Panegyrici Latini

(2) Richard Dibon-Smith The Pictish Tattoo: The Origins of a Myth

(3) Pomponio Mela De Situ Orbis

(4) Solinus De Mirabilibus Mundi

(5) Herodiano Historiarum, Libro IV

(6) Claudiano De Bello Getico XXVI