Nadie se acuerda de Ende

Hace pocas semanas, las secciones de cultura de decenas de medios digitales se hicieron eco de un estudio que confirmaba que las mujeres también habían iluminado libros en la Edad Media. Los restos, de azul ultramar o lapislázuli, que se encontraron en el sarro de la dentadura de una mujer del siglo XI parecían confirmar que, dicha mujer, había sido iluminadora en un monasterio alemán y afinaba las cerdas de su pincel con los dientes (podéis leer la noticia aquí). Seguro que todos habéis leído o, al menos, visto esta noticia en vuestras redes sociales… Se ha convertido en algo casi viral.

El estudio es impresionante y no hay nada que objetarle, pero el tratamiento de la noticia me deja un regusto amargo (puede que el azul ultramar sepa así). La investigación se realizó en el Instituto Max Plank de Alemania y fue publicado, originalmente, por la revista Science Advances y se han publicado reseñas sobre él en centenares de medios, muchos de ellos españoles. La noticia no es para menos ¡Una mujer iluminando textos sagrados! ¡En plena Edad Media!…

Entre todos esos medios que se hacen eco de la gran noticia, ni los extranjeros ni los españoles, han dedicado ni una línea para recordar a la buena de Ende. La Historia es muchas veces injusta, pero el periodismo del siglo XXI es cruel y carece de memoria. En el año 975 se concluyó una magna obra de arte, un Beato iluminado, seguramente en el monasterio de Tábara (Zamora), un siglo más tarde fue donado a la catedral de Girona y, por eso, hoy lo conocemos como Beato de Girona. Esa obra maestra de la iluminación medieval fue firmada por sus autores, se realizó gracias al patrocinio del Abad Dominicus y fue iluminado por Emeterius, “monje y sacerdote“, y por Ende, “pintora y sierva de dios“.

Más de mil años más tarde, casi todos los periódicos españoles, nos informaron del gran descubrimiento realizado al analizar el sarro de la dentadura de una monja alemana sin nombre… Pero nadie recuerda a la pobre monja zamorana Ende.

Titivillus, el demonio patrón de los escribas

Cuando uno de los monjes medievales que se afanaban en copiar metódicamente libros cometía un error al trascribir los textos, o cuando la tinta se derramaba sobre su trabajo, esto podía deberse a que los escribas medievales trabajaban durante largas horas con una luz insuficiente o, quizás, a la labor de zapa realizada por este diablillo que respondía al nombre de Titivillus o Tutivillus. De su existencia da testimonio, por primera vez, Juan de Gales en este fragmento de su obra Tractatus de Penitentia, del año 1265:

 Fragmina verborum Titivillus colligit horum
    Quibus die mille vicibus se sarcinat ille (1)

Su título de demonio patrón de los escribas se lo gana a base de distraer a los esforzados calígrafos, haciendo que éstos se coman sílabas u olviden palabras enteras de las obras que transcriben, otra de sus especialidades es hacer que se derramen los tinteros sobre las obras casi terminadas (en mi caso, cuando dibujo, este molesto ser toma forma de gato, que se llama Cooper, y pasea sobre mis ilustraciones cuando la tinta aún esta fresca).

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A este demonio suele representársele llevando un saco a la espalda, en el que va guardando las palabras y sílabas que consigue hacer olvidar a los calígrafos. Titivillus acarrea todos los días su saco cargado de errores al infierno y, allí, se archivan cuidadosamente para ser usados durante el último juicio de los escribanos perezosos que no prestaron la suficiente atención a su trabajo.

Imagen principal Titivillus de Kythera de Anevern ©2013

(1) Titivillus recoge fragmentos de estas palabras. Con los que llena su saco mil veces al día

(2) Virgen de la Misericordia de Diego de la Cruz (Titivillus aparece representado acarreando un hatillo de libros en el ángulo superior derecho.